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Teotihuacán: la señal que México no puede ignorar

Teotihuacán: la señal que México no puede ignorar

Teotihuacán: la señal que México no puede ignorar

La imagen de un hombre disparando desde lo alto de una pirámide en Teotihuacán se extiende a México y al mundo. El ataque, ocurrido la semana pasada, dejó una persona muerta y más de una docena de heridos. El agresor, un joven que actuó solo, planeó el ataque con antelación y terminó quitándose la vida. El hecho no solo fue trágico por sus consecuencias, sino por el lugar simbólico en el que ocurrió.

Durante décadas, México había logrado mantenerse ajeno a este tipo de episodios; Sin embargo, este caso nos obliga a analizar si el fenómeno de “copycat” o imitadores, podría convertirse en un problema para nuestro país. En los Estados Unidos es común este tipo de masacres, pero en México la violencia tiene otras características, aquí los asesinatos suelen estar vinculados a dinámicas del crimen organizado.

La pregunta ya no es si este tipo de violencia puede pasar en México, la pregunta es si está empezando a suceder de forma recurrente. Aunque en nuestro país los casos de atacantes activos siguen siendo prácticamente inexistentes, en los últimos dos años los eventos comparables se han incrementado: el incidente de marzo, en una escuela de Michoacán, y el ataque en septiembre pasado, en el CCH Sur, dan cuenta de ello.

México no enfrenta, hasta ahora, una crisis de tiroteos masivos; Sin embargo, la rareza de estos eventos es precisamente lo que hace que su aparición reciente sea tan significativa. En lo que va de 2026, ya se contabilizan al menos dos casos con características similares, lo que rompe peligrosamente el patrón histórico: no se trata aún de una tendencia consolidada, pero sí de una señal estadística relevante que debería prender las alarmas.

Los especialistas suelen advertir que estos fenómenos comienzan de manera aislada antes de escalar, la repetición, aunque sea mínima, empieza a generar precedentes. Los precedentes importan, sobre todo en contextos donde la exposición mediática amplifica los hechos, cada nuevo caso puede convertirse en referencia para futuros agresores, es ahí donde el fenómeno adquiere una dimensión preocupante.

Otro dato relevante es el aumento de la violencia en las escuelas. En 2025 se registraron alrededor de 30 incidentes con armas en planteles educativos, el número más alto del que se tiene registro en México. Estos casos incluyen desde agresiones con cuchillos hasta estudiantes que ingresan armas de fuego, y aunque los eventos no fueron tiroteos masivos, la tendencia es clara: la violencia en entornos escolares está creciendo.

Ambos fenómenos comparten un denominador común: jóvenes que cometen actos violentos sin motivos completamente claros o proporcionales. En muchos casos no hay una lógica criminal tradicional detrás, no hay disputas territoriales ni intereses económicos evidentes. Lo que aparece es una mezcla de frustración, problemas emocionales, aislamiento y, en algunos casos, deseo de notoriedad.

A diferencia de la delincuencia organizada, cuando hablamos de ataques en escuelas o tiradores solitarios, la lógica cambia. Aquí los factores están más vinculados a la salud mental, el entorno familiar y el impacto de las redes sociales. No se trata de estructuras criminales, sino de procesos individuales: el aislamiento, la depresión, el acoso escolar y la exposición a contenidos violentos juegan un papel determinante en este tipo de sucesos.

En México persiste la idea de que, a pesar de nuestros problemas, existen valores sociales y familiares que actúan como contención, que los asesinatos están ligados al narcotráfico, pero no derivan en matanzas indiscriminadas como en los Estados Unidos. Esta percepción es en parte cierta, pero también puede generar una falsa sensación de inmunidad; ninguna sociedad está completamente protegida de estos fenómenos.

México está muy lejos de enfrentar una crisis como la de su vecino del norte, las cifras no son comparables y las dinámicas son distintas. Sin embargo, hay indicios que no deben minimizarse, el aumento de la violencia en las escuelas, la aparición de casos aislados de tiradores y la creciente atención mediática son señales que apuntan en una dirección: el fenómeno está creciendo y es hora de que el gobierno tome cartas en el asunto.

Estamos en un momento clave para que los jóvenes se conviertan en una prioridad para el Estado mexicano. No basta con los programas de apoyo económico, la atención debe de ser integral y contemplar a todas las aristas que influyen en su bienestar. Todavía estamos a tiempo de evitar que los lamentables hechos de Teotihuacán se repitan. Parafraseando a la 4T: “Por el bien de todos, primero los jóvenes”.

POR HÉCTOR SERRANO

CAMARADA

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